Las viejas y nuevas autoridades miran para otro lado y el flagelo crece

“Qué les parece la belleza de mi sobrino Dylan: con un porro en la boca y un fierro en la mano jajajajaj. Ya de chiquito le gusta la gilada” . La frase pertenece a una tal Evelyn, una vecina del sur de la Ciudad que días atrás subió el comentario y la polémica foto de un nene -de no más de cinco años- con un supuesto cigarro de marihuana colgando de los labios y una 38 de caño corto apoyada en el pecho. Aunque sacada rápido de circulación, la imagen operó apenas como un indicio de un drama que, aunque en nuestra región no parece haber desembarcado aún con la furia con la que ya lo hizo en Rosario, Córdoba, Mendoza o varios puntos del Conurbano, echa luces cada vez más inquietantes: la de los nenes que conviven de modo natural y casi familiar con el universo y la cultura del narcotráfico. Algunos ya los llaman “soldaditos de la droga”, y en tiempos donde la educación pública parece hacer agua por todos lados y las oportunidades laborales no abundan, acaso no asombre que sean ellos, los más pibes, los que se llevan siempre la peor parte de todo.
Soldaditos del paco en Lomas de Zamora; Angelitos de la Merca en Mendoza; los pibes de Los Monos o del barrio Ludueña en Rosario (donde no hace mucho una chica pidió permiso para salir de la escuela porque tenía que ir a trabajar para los dealers); Los Teros de Colonia Lola en Córdoba; o las bandas de Los Champú y Los Santana en Neuquén. Todos los saben y hasta los repiten los funcionarios municipales, provinciales y nacionales como si comentaran una película: los narcos reclutan chicos de 9, 10 o hasta 12 años para formar una red de vigilancia y venta de bajo costo económico y penal. Lo que reciben a cambio es igual de triste: celular, un sueldo que puede llegar hasta los 500 pesos por día, dosis para que consuman ellos y, a veces, si se portan bien, hasta alguna arma para que puedan ir subiendo en esa jerarquía de miseria y desamparo.
“Muchos lo toman como un juego -advierte Sergio Bustos, asistente en minoridad y con varios años en nuestra región conteniendo pibes en situación de calle-, pero detrás de ellos hay bandas organizadas que realizan negocios millonarios.”
Lo que dice Bustos se replica en las voces de aquellos que atienden la problemática día tras día. Muchos, incluso, conocen tanto del tema que prefieren no ser citados como fuente. “En Altos de San Lorenzo y el barrio el Palihue -dice una asistente social que pide anonimato-, hay tres o cuatro banditas de chicos que se encargan de la venta de pastillas. Y eso la policía lo sabe. Lo sabe tanto que muchos pibes tienen que dejarle ‘su parte’ para poder seguir vendiendo sin que los jodan. Los nenes son el síntoma más terrible de un sistema corrupto donde no sólo los narcos tienen puesto el traje de villanos. Funcionarios y policías locales deberían explicar cómo fue que en la periferia platense el consumo y la venta de droga se quintuplicó en los últimos años”.
UN DRAMA NACIONAL
Que el peso de los narcos crece en todo el país ya es algo que a nadie asombra, como tampoco que vivimos en una realidad de marginalidad y delito que se repite en las periferias de los grandes centros urbanos como una plaga de la que no existe escapatoria. En Rosario, por ejemplo, a los chicos les pagan cerca de 300 pesos por día si vigilan una guarida sin armas, pero si se arriesgan a empuñarlas, los tientan con 200 pesos más. Y hay chicos que permanecen 10 o 12 horas, muchas veces encerrados, en precarias casillas donde se comercializa la droga.
“Acá no estamos como en Rosario”, aclara Bustos, aunque advierte que en Villa Catela, en el barrio Savoia de City Bell, en Altos de San Lorenzo y en el Palihue “la situación es cada día más dramática. Allí son los pibes los que venden la droga, que en este caso es marihuana y pastillas. Sobre todo pastillas: en la periferia platense el consumo de pastillas por parte de pibes pobres es tremendo”.
Según quienes estudian el tema, el sistema de cooptación de nenes arranca ya en la adolescencia: haciendo de campana, lavando autos, llevando paquetes de aquí para allá y luego sí, ya en el ruedo, vendiendo y tratando de escalar en un mundo donde el horizonte les promete mucho más dinero que cualquier trabajo o carrera profesional. “Las cocinas proliferan como kiosquitos -asegura un puntero de la periferia platense que conoce del tema pero tampoco quiere dar su apellido-. Siempre hay un maestro que los mete en ese mundo y les explica sus secretos, les enseña el oficio y hasta muchos aprenden a cocinar por su cuenta y en familia. Hay casos de familias que viven todos para la cocina y venta de pastillas. Como una pyme familiar”.
A la luz de los últimos procedimientos policiales, como se dijo, el Gran La Plata no parecería ser tierra fértil para las grandes bandas narcos. Sin embargo, zonas como los barrios de Altos de San Lorenzo, Villa Elvira, Villa Alba, Hernández, Los Hornos, El Churrasco, Villa Catela, El Peligro y El Mondongo, además algunas zonas del casco céntrico, empiezan a figurar en el mapa del narcotráfico cada vez con más asiduidad.
La radiografía de la droga en la ciudad muestra un esquema de disgregación y proliferación. Y también de alta rentabilidad. En general, la droga que pasa por La Plata puede tener dos destinos: o ser un punto en la ruta hacia grandes centros de consumo como Europa, donde la cocaína se vende a un precio mucho más alto que en Argentina, o quedarse acá y repartirse en diferentes zonas para la comercialización local. Y es ahí donde aparecen los chicos. Los soldaditos que nada tienen de juguete.